Ya han pasado tres meses y medio desde que me despedí de vosotros, tres
meses y medio como siempre cargados de experiencias, pero sobre todo cargados
de frustración. No sé por qué, pero hoy repasando el blog me he dado cuenta de
que mi frustración alcanza su plenitud cuando me encuentro en Dubái. Me ha
pasado de todo, y es hoy y sigo planteándome si he hecho bien en venir. No es
que exista otra alternativa, así que plantearme eso es ser del género bobo,
pero no puedo evitarlo. Por otra parte mi mega profesionalidad (la misma que
hace que esté escribiendo esta entrada en horas de oficina, ¿captáis la
ironía?), me impide huir y dejar algo a medias. Los que me conocen bien saben
que puedo tardar en hacer las cosas, y que me cuesta poner puntos finales, pero
que procuro terminar todo aquello que empiezo.
En fin el título del post apunta a que hay
más partes, y sí, es así, hay más partes, porque hay otro accidente, y
porque, cuánto más tiempo pase aquí me temo que más posibilidades habrá de
accidentes…
Conseguí encontrar casa (tras muchos problemas a los que ya dediqué un post),
y el día que dejaba el hotel y acudía por primera vez a la oficina medianamente
satisfecha conmigo misma, y sin lágrimas en los ojos como si fuera al matadero,
tuve un accidente de coche. Justo hacía dos semanas que había salido de España,
y todo se me vino encima… No me pasó nada, ni siquiera saltó el airbag, pero el
disgusto fue enorme. Nunca había tenido un accidente en mi vida (salvo una pequeña
abolladura que un señor muy rico y muy católico, con un Mercedes muy grande, me
hizo porque se despistó mirando la preciosa iglesia de San Benito), y tenerlo
en ese preciso instante me hizo sentirme completamente desprotegida. A lo mejor
tengo que poneros en precedentes...
Inciso: llevaba dos semanas
luchando contra los elementos y contra mis propios sentimientos, pensando que
estaba en el lugar equivocado en el peor momento posible. Esta despedida ha
sido sin duda la más dura de todas, ya no sólo por la nueva persona que ha
aparecido en mi vida para llenar un espacio que yo no sabía que se pudiera
llenar así, si no porque cómo dije en post anteriores estaba bien y tranquila.
Es verdad que no tener trabajo me había hecho mella, y que realmente lo necesitaba,
pero tenía muchas cosas muy buenas que ya había aprendido a valorar, no
necesitaba alejarme, y mucho menos ahora, 4, 5, 6 meses antes, un año sí, pero
ahora me parecía injusto. Llegué a Dubái y en principio en la empresa me
pusieron las cosas fáciles, me dieron la semana libre para buscar casa y me
adelantaron dinero para el depósito. Pero no es fácil encontrar casa en una
semana, ni en terreno conocido, ni en terreno desconocido. Me he dado cuenta de
que el otro Dubái que viví nada tiene que ver con este nuevo, en el que una
mujer sola tiene que luchar contra los elementos para ser oída, ya no
escuchada. He firmado más papeles en estos casi dos meses que en todos mis 32
años anteriores, y he de decir, quedando como una gilipollas por otra parte,
que en ocasiones no sabía lo que firmaba. Bien porque estaba escrito en árabe,
bien porque me he visto presionada (por el tiempo, por las maneras, por la
necesidad...), bien porque me han ocultado lo que ponía. Niños, no firméis nada
sin leerlo antes. De momento mis firmas no han tenido consecuencias, aunque no
es menos cierto que puedo haber firmado que antes me llamaba Manolo y conducía
un camión.
Terminado el inciso volvemos al lugar del crimen. El accidente no fue grave
y le puede pasar a cualquiera que conduce y al parecer mucho más si se trata de
un vehículo automático (de eso me he enterado después...): dos coches por
delante del mío frenaron en seco a la salida de un semáforo, y a la moi no le
funcionaron los frenos y se empotró con un Mitsubishi Pajero. Así que me puse a
temblar como una hoja, me dio un ataque de ansiedad y me puse a llorar como una
Magdalena... Triste pero cierto. ¿Por qué? Primero supongo que lo necesitaba,
mi dosis de lágrimas para entonces era como una droga y tenía que llorar todos los
días un poquito… También me quitó un montón de todo el stress acumulado a lo
largo de esas dos semanas, me sirvió para darme cuenta de que podía haber sido
peor, y sentir miedo por momentos porque no tenían modo de avisar a nadie de lo
que me había pasado, y sobre todo me sentí sola. Creo que eso fue lo peor del
momento. Llevaba sintiéndome sola muchos días, pero el accidente vino a
confirmarlo: estaba sola. ¿A quién llamar? ¿A quién acudir? ¿A Reza (mi amigo
iraní que se ha portado como un campeón dejándome dormir en su casa una noche
cuando la empresa me dejó en la calle…), a Karo que está en otro emirato
trabajando? ¿A mis padres cuando eran las 6 de la mañana en España? ¿Que tenía
que hacer en caso de accidente? ¿Llamar a la policía, a mi empresa, a la
empresa de alquiler del coche? ¿Rezar lo que supiese para que el dueño del
Pajero no fuese un local? ¿Encomendarme a
Allah y a su séquito de vírgenes? Como en todas las historias al final
todo pasa por la solución más fácil. No me había pasado nada y recordé las
palabras que mi muy querido jefe me había dedicado el jueves anterior durante
una bronca: “Si necesitas cualquier cosa llama al jefe de logística y no me
molestes con tus quejas” (ya contaré esta bronca telefónica también). Le llamé y
estaba en un atasco y poco podía hacer por mí, mientras el padre y la hija
contra los que me había empotrado llamaban a la policía. Finalmente uno de los
chóferes de la empresa vino a buscarme, me trajeron una botellita de agua y
comencé a calmarme. El dueño del otro coche resulto ser muy agradable y además
cliente de mi empresa. Me pusieron una multa por no respetar la distancia de
seguridad, que no tenía ni tiempo, ni ganas, ni opción de recurrir, y cómo le
di pena al policía sin necesidad de sacar mis dotes de negociadora me redujeron
la multa al 10% de lo que tendría que haber pagado (40 euros en lugar de 400).